El Londres de Virginia Woolf

Posted on 7 abril, 2011

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¡Oh, vida, cómo te he temido! ¡Oh, seres humanos, cómo os he odiado! ¡Qué horribles parecéis en Oxford Street! ¡Qué escuálidos sentados unos frente a otros mirando fijamente en el metro!

Las Olas, 1931

Mientras intento acabar de una vez por todas la novela La señora Dalloway –novela que se me resiste una y otra vez, creo que porque no tengo nada en común con la protagonista, tan buena organizadora de fiestas y maestra en las relaciones dentro de la alta sociedad –leo un artículo escrito en The Independent por la sobrina de Virginia Woolf a causa de la celebración del setenta aniversario de su suicidio.

Emma Woolf trata de explorar la relación que su tía estableció con la ciudad de Londres y, a partir de ahí, se pregunta qué es lo que pensaría ella de la ciudad actual. Del hecho de que la Biblioteca Británica ya no se encuentre en el Museo Británico sino en una zona más al norte, circunvalada por rascacielos que quiebran en cierta manera la armonía anterior. Siguen existiendo cafés, el lugar preferido por la escritora para observar a la gente de la ciudad, aunque hoy en día estén copados por las cadenas americanas. Pero los vehículos que ella llama omnibuses ya no existen, el transporte por las calles está absolutamente dominado por el sistema de autobuses de la ciudad.

Virginia Woolf expresa su sentimiento y su relación con la capital inglesa en muchas de sus obras, le encantaba pasear por sus calles y, como dijo E.M. Forster, constantemente está capturando trocitos del flujo de la vida cotidiana. De la vida moderna, de una ciudad vanguardista que, en aquel entonces, se encontraba en el centro del mundo. Capturar esos instantes de vida fugaz, a la manera del flâneur de Baudelaire, le hacía huir un tanto de sus momentos depresivos. En 1934, escribía:

Soy tan fea. Tan vieja. Bueno, no pienses en eso y camina por todo Londres, mira a la gente e imagina sus vidas.

Su traslado a Richmond, desde el barrio de Bloomsbury en el que desarrolló su famoso círculo literario,  no le ayudó a combatir sus crisis depresivas. La lejanía de la ciudad mitigaba su flujo creativo, su fuerza de creación venía directamente de ella y los suburbios le hacían sentir desconcertada y deprimida para hacer frente al paso de la vida.

La señora Dalloway es, sin duda, su novela más londinense, la que nos hace seguir el ritmo frenético de la ciudad a través de los pasos de sus personajes.  Westminster, el Big Ben, las chimeneas de Pimlico, las compras en Oxford Street y la floristería en las cercanías de Bond Street donde compra las flores con las que se inicia la novela. Tantos lugares que pueden dar origen a muchas otras entradas de este blog.

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Posted in: Londres, Reino Unido